
Estamos todos muy acongojados.
Pero también (con su permiso), hago mías las palabras del
escritor Eduardo Galeano:
"me parece que el dolor se dice callando".
La vida te fue trayendo de a poquito a la capital. Con tus incapacidades físicas, con tu brazo inservible lograste lo imposible, ser un gran músico reconocido por todo el mundo. Tocaste en las mejores orquestas. Y un poco tarde, te enamoraste de una mujer excepcional, extranjera, mucho menor que tú, pero desde sus quince años fuiste la luz de sus ojos. Fuiste para mí el mejor padre del mundo y compañero como pocos.
Y la vida te puso en el camino todavía muchas pruebas. Nací yo. Ahí, al poco tiempo empezó tu pesar. No descansabas ni de día ni de noche, trabajabas todo el tiempo en orquestas y salas de baile para traer dinero a casa. No para comer…sino para pagar cuentas de doctores y sanatorios, para poder salvar mi vida. Casi no nos veías, mientras mamá cuidaba de una manera tan especial de mí y de mi hermanito, tan especial que me cuesta decir cómo.
Nada de tu historia sabía yo cuando nací, por eso te recuerdo desde ahí, desde el momento en que empecé a sentir tu amor por mí. No sabía nada de tu origen. Eso lo supe después, por cuentos. A mí me importa lo que viví contigo hasta que te fuiste.
Quizá esa forma tuya de encarar la vida con tantas ganas, de dar lo mejor de ti a quien te lo pidiera o necesitara hizo que fueras tan especial para tantas personas que te conocieron,
tanto en el medio de la música popular donde triunfaste como el mejor en tu época y nadie ha podido igualarte, como en el medio de la música”culta” , donde fuiste tan reconocido. Pero también triunfaste como docente y fundamentalmente triunfaste como Padre.
Por todo eso hoy no quiero recordar tu nacimiento, quiero recordar tu partida, de la que hoy pasaron exactamente tres años.
Yo estoy segura de que hacia donde partiste no hay dolor.
Te lo merecés, viejo querido.
Por eso nuestra despedida fue un hasta el Lunes.
Hoy que ya pasaron tres años, puedo decirte que ya no lloro por los rincones. Solamente me queda esa nostalgia de no tenerte físicamente, pero vaya si no te tengo más cerca que antes. Me acompañás todas, toditas las noches en mis sueños, que son tan reales, que se transforman en verdades nuestras charlas. De noche sigo sintiendo tus masajes en mi espalda, tu acomodarme las sábanas y tu beso de las buenas noches cuando yo me hacía la dormida para no despertar de la magia. Te juro papi, lo seguís haciendo.
Hoy a mis 60 años, siento que ya no lloro por los rincones a cualquier hora porque al fin te entiendo y estoy aprendiendo a soportar tu ausencia física. Por eso seguiremos juntitos y abrazados en cualquier monte, en cualquier parque, en cualquier lugar. La muerte no nos hará estar separados.
Seguiremos riéndonos y bailando, como antaño, al son de lo que nos toque a cada uno. Pero siempre riéndonos y siempre juntos.
Quiero contarte, aunque ya sé que lo viste, que a mis 60 años, volví a subir sola al Cerro de la Virgen del Verdún. ¿Te acordás, cuando era chiquita y empezaba nuevamente a caminar, a dónde me llevaron para probarle a la Virgen que podía?
Aún puedo Papá.
Gracias.